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Tribuna de opinión: una educación necesitada de un nuevo horizonte

Tribuna de opinión: una educación necesitada de un nuevo horizonte

La crisis de 2007 puso en evidencia la fragilidad de una sociedad sin las adecuadas tasas de desarrollo educativo. Aquellas personas que no habían alcanzado ciertos niveles formativos padecieron con mayor virulencia por la pandemia financiera. Esa vulnerabilidad provocó el sufrimiento de un buen número de familias. Puso de manifiesto que la vulnerabilidad de una parte de la sociedad termina por ser la vulnerabilidad de todos. Ralentiza la posterior recuperación, consume ingentes recursos públicos y desequilibra la cohesión social.

Como antídoto futuro para tal desbarajuste, la Unión Europa estableció unos objetivos de desarrollo educativo. La intención era que actuaran creando una suerte de barrera preventiva ante futuras crisis económicas. La Estrategia en Educación y Formación, conocida como Horizonte 2020, ha marcado durante años el trabajo de los Estados para alcanzar, por ejemplo, un menor abandono educativo temprano. La meta propuesta como promedio comunitario era su reducción hasta un 10%, siendo la meta particular para nuestro país el 15% dada nuestra mala posición de partida.

El abandono educativo temprano no es el único indicador posible del desarrollo educativo y hasta es discutido como referencia válida. Muestra la capacidad de los sistemas de formación nacionales para extender la permanencia en el sistema educativo más allá de los niveles obligatorios básicos. Y, por lo tanto, expresa la capacidad de promover una mayor inmunidad, personal y colectiva, ante situaciones económicas adversas.

España ha hecho un gran esfuerzo durante años por realizar su singular meta de reducción hasta el 15%. Nuestro recorrido nos llevó del 30% inicial al más reciente 17,3% al cierre de 2019. Quedamos, pues, lejos todavía de la meta nacional (15%) y más aún del promedio comunitario propuesto (10%). La mala noticia ha terminado de llegar con el COVID 19 que ha truncado esta carrera, afectando particularmente a los sectores más vulnerables.

Al mismo tiempo, la previsible crisis económica es una nueva oportunidad de poner en el centro la educación. De entre los debates y propuestas para una reconstrucción, necesitamos la nueva vacuna de la educación como gran proyecto colectivo. Si queremos un futuro mejor como sociedad, apostemos por dar mayores oportunidades a nuestros jóvenes. Sin dejar a nadie atrás. Hagamos que nuestro modelo educativo sea capaz de eliminar la vulnerabilidad.

Como sociedad, nuestro horizonte inmediato debería ser la total extinción del abandono educativo temprano. Algo que conviene cultivar ya desde la primera infancia, sabiendo que el camino es largo y la educación no es una planta de rápido crecimiento. El esfuerzo es de tal calibre que requiere de la implicación de todos: ciudadanos, empresas, administraciones, entidades sociales, etc. Será esta apuesta por la educación una vacuna formidable para afrontar la incertidumbre que, según los expertos, será propia de la nueva normalidad.

Por una parte, hay medidas obvias, como lograr una inversión pública privilegiada en educación frente a la inversión en otros sectores que ofrecen resultados a corto plazo, pero no generan valor a largo plazo.

Por otro lado, nos conviene adentrarnos en fórmulas para un tiempo nuevo. A modo de ejemplo, una medida podría ser la creación de mejores sistemas de coordinación entre las entidades sociales que actúan en las diversas zonificaciones educativas, para mejorar la acción formativa sobre menores en situación de vulnerabilidad. Otra posibilidad sería lograr una mayor implicación de recursos procedentes de la empresa privada, en la línea de la estrategia colaborativa de trabajo de la Agenda 2030. Con los adecuados estímulos fiscales y liderazgo social, se podría crear una cultura de RSC enfocada a reforzar la educación en sectores vulnerables. También en esa línea de implicación sería eficaz potenciar el voluntariado educativo, de modo que personas con formación adecuada fortalezcan el trabajo del sistema educativo con aquellos menores que tienen menos oportunidades. En los últimos tiempos han surgido iniciativas que muestran resultados interesantes y que podrían suponer un vuelco en la capacidad de los sistemas de reducir desigualdades.

Sea como sea, precisamos de mirada larga y un fuerte compromiso social. Hay mucho en juego. Nuestros jóvenes se merecen que los dejemos preparados, algo que también nos beneficiará a los menos jóvenes en términos de garantías de viabilidad para el Estado del Bienestar. Con más y mejor educación, tendremos más sociedad y más futuro.